El cegado falla en más del 85% de los ensayos con MDMA y placebo

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Redacción Psiconáutica · 30 de julio de 2026

En breve

  • Un equipo de la Universidad de Toronto ha revisado 112 ensayos clínicos con psicodélicos para comprobar si el cegado —que quien participa no sepa si ha recibido la sustancia o el placebo— se sostiene en la práctica.
  • En los ensayos con MDMA frente a un placebo inerte, más del 85% de las personas acertaron; en psilocibina, LSD y ayahuasca la cifra superó el 90%.
  • Solo el 29,5% de los estudios analizados llegó a medir formalmente si el cegado se había mantenido, pese a ser un punto clave para interpretar sus resultados.

Uno de los puntos más discutidos de la investigación con psicodélicos acaba de recibir por fin una medición sistemática. Un equipo liderado por Diana K. Orsini, de la Universidad de Toronto, ha publicado en JAMA Psychiatry una revisión de 112 ensayos clínicos aleatorizados para responder a una pregunta incómoda: ¿de verdad los participantes ignoran si les ha tocado el fármaco o el placebo? La respuesta, salvo excepciones, es que no.

Qué han encontrado exactamente

La revisión reúne ensayos sobre siete sustancias: ketamina (78 estudios), LSD (17), psilocibina (11), MDMA (11), ayahuasca (2), DMT (2) y noribogaína (1). De todos ellos, solo 33 —el 29,5%— midieron formalmente la integridad del cegado, aunque 64 (el 57,1%) sí reconocieron el problema al enumerar sus limitaciones. Cuando se midió, los datos fueron rotundos: en los ensayos de MDMA con placebo inerte, más del 85% de los participantes identificaron correctamente lo que habían tomado, y en psilocibina, LSD y ayahuasca la tasa de fallo del cegado superó el 90%, tanto entre participantes como entre los evaluadores que puntuaban su estado.

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La ketamina, la excepción que explica el mecanismo

La ketamina se comportó de forma distinta, y el motivo es revelador. Sus ensayos evaluaron el cegado aún menos —solo el 17,9%—, pero cuando lo hicieron el cegado aguantó bastante mejor si el comparador era midazolam, un sedante con efectos subjetivos perceptibles, en lugar de suero salino. Es decir: el problema no está en la sustancia estudiada, sino en comparar una experiencia intensa con una pastilla que no produce absolutamente nada. Cualquiera nota la diferencia, y a partir de ahí la expectativa de estar recibiendo el tratamiento activo puede contaminar lo que después se mide como mejoría.

Qué implica

Conviene leer este trabajo por lo que es: una crítica metodológica, no un veredicto sobre si los psicodélicos funcionan. Los autores no afirman que la eficacia observada sea falsa; señalan que la herramienta con la que se mide tiene un punto ciego, y proponen corregirlo con medidas estandarizadas de cegado, comparadores activos mejor calibrados y análisis que separen el efecto farmacológico de la expectativa. El asunto no es teórico: fue exactamente el argumento que la FDA esgrimió en 2024 al rechazar la solicitud de Lykos Therapeutics para la terapia con MDMA en estrés postraumático, y es el mismo debate que atraviesa ahora a reguladores de Australia, Canadá y Europa. Que la ciencia se mire a sí misma con lupa es, en el fondo, la mejor garantía de que lo que acabe aprobándose se sostenga. Y para quien sigue la reducción de daños desde fuera del laboratorio, el recordatorio es el de siempre: cada titular tiene detrás un diseño experimental y unos márgenes de incertidumbre que merece la pena conocer. En esa misma línea de exigencia metodológica publicamos hace unos días el caso del análogo de la MDMA sin efectos psicodélicos, que busca precisamente esquivar este problema.

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Fuente

Contenido divulgativo elaborado desde la reducción de daños y el respeto a la libertad individual. No sustituye la información de un profesional sanitario ni pretende fomentar ni condenar ningún consumo.

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